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Después no chillen

OJO DE LINCE.

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El último domingo de octubre del año entrante estaremos rematando una de las permanentes jornadas que mantienen entretenida y dividida la opinión pública: las elecciones.

Como habrá candidatos de todos los gustos, disgustos y pelambres, para el caso de la alcaldía de Neiva ya comienza a sacudir el plumaje más de una decena de patos anunciando su intención de  competir por la corona que validará la autoridad electoral. Con votos responsables, de compraventa o engañados; con votos de picardía, ganados o robados; con votos esperanzados, honestos o trampeados; en fin, combinando todas o algunas de las distintas modalidades anotadas llegará  el nuevo mandatario.

Ya se ventilan en medios de prensa y redes sociales nombres de varones y mujeres que empiezan a conformar el mosaico de la oferta con personajes que inspiran respeto, credibilidad, confianza. Algunos, bastante ignorados hoy por la gran masa de ciudadanos. Y fácilmente identificable, una que otra persona conocida por pícara, engañadora, avivata, tramposa, marrullera, descarada y/o abusadora del poder.

Esta última categoría es la más peligrosa porque el estafador busca empendejar seductora y amigablemente al ciudadano con falsa sonrisa de fingida amabilidad oportunista. Es el típico asaltante supuestamente asaltado, el ladrón robado, el tramposo trampeado. El estafador acostumbra presentase como víctima de la ingratitud social. La persona estafadora se maquilla, entorna los ojos, endulza la voz, utiliza diminutivos, inventa resultados de gestión, besa desconocidos a quienes llama “mi amor”, hace guiños, mimos y carantoñas, ofrece cielo y tierra. Como la cascabel, distrae con la cola a su víctima mientras la asalta  inyectándole sus venenosos efluvios. Muchas veces el estafador logra salirse con la suya tumbando al sufragante.

Ahora bien. La ciudadanía sabe que por excelente que sea, no hay gobernante que pueda cumplir la totalidad de las expectativas generadas durante su campaña. Pero lo inaceptable, lo inexplicable, lo ilógico, es haya quienes  -y no pocos- que reciben limosnas que no alcanzan ni para comer por una semana, o una vergonzosa dádiva que no resuelve necesidad alguna, a cambio de empeñar conciencia y dignidad en favor de un pícaro que va a despilfarrar en beneficio personal y de sus amigotes centenares de miles de millones durante cada uno de los cuatro años de su orgía administrativa. Actitud más inexplicable e ilógica cuando -como en Neiva- son conocidos sus malabares, engañifas y abusos utilizados en campañas anteriores o durante el corrupto ejercicio del poder, buscando trepar a la cima de la pirámide oficial.

Es justo reconocer que hay y siguen  apareciendo en el escenario excelentes alternativas mientras son solo dos o tres los filibusteros que por sus antecedentes empresariales, profesionales o políticos no merecen el respaldo popular.  

La sentencia bíblica “Por sus frutos los conoceréis”, significa que la verborrea, el maquillaje, la fotoshop ni el show mediático muestran el verdadero material del que están hechos los aspirantes. Un candidato comprobadamente marrullero, mentiroso, embustero, engañador e incumplido; o un embaucador promesero de empleo, vivienda y bienestar pero que durante años ha hecho y continúa haciendo de las necesidades básicas su negocio personal y político; o una aspiración engendrada por la avaricia, el capricho patológico por las prácticas corruptas, empacada en vanidosos artilugios de peluqueros y distorsionadores de imagen vitrinera, no tienen el derecho social de recibir el favor ciudadano. Después no sirve chillar.   

 

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